martes, 8 de noviembre de 2022

¡Que trabajen los fachas!

 El siguiente relato comprende un conjunto de historias basadas en hechos reales dramatizados y adornados por el bien de la narración.

A veces se comienza una serie enunciando que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, o una película afirmando que está “basada en hechos reales”.

Aunque toda forma de creación humana viene adulterada por el inevitable trazo de subjetividad personal, no sería justo que eso sirva de excusa para concluir que lo contado es pura fantasía, una película y nada más. Toda creación humana, tan adulterada está como inspirada en hechos reales, cotidianos o extraordinarios.

Las memorias siguientes no son fantasías ni películas, son historias reales, adornadas con algo de magia, a veces destructiva y a veces constructiva, para que las desgracias no queden en meros datos lejanos y aburridos, sino que se conecte tanto con el contexto, como con la humanidad y la emocionalidad de lo que son partes de la vida de personas.

"Los escritores transforman las estadísticas y los números en historias humanas".

Por supuesto, se escribe desde una esquinita entre la ira y el descojone como auto defensa emocional ante la desgracia y la injusticia.

Los nombres son ficticios, aunque las personas sean reales.

 

 

¡Que trabajen los fachas!

 

El día 16 de Noviembre de 2014, unos conocidos míos, Ana y Joaquín, aparcan su furgoneta camperizada en una finca donde hay plantados unos ocho mil pies de naranjas Navel, en algún pueblo de mala muerte de la provincia de Alicante, donde en el mes de Julio ni los perros quieren olerse el culo.

Al día siguiente, se levantan sobre las 6:30 de la mañana y conducen durante unos cinco minutos siguiendo al coche del coordinador del equipo hasta los árboles que toca recolectar aquel día. El resto de trabajadores son todos de Senegal.

Comienza la jornada, el pago es al peso, y tras 6 horas de duro trabajo, Joaquín y Ana hacen cálculos; han ganado unos 17 euros cada uno, esto es 2,83 euros la hora.

Además, el resto del equipo se queja porque les retrasan, y tienen que seguir avanzando a nuevas líneas de frutales pero no pueden hacerlo hasta acabar la que empezaron pues el tractor que carga las cajas con fruta se tiene que desplazar con ellos. Los chicos senegaleses trabajan sin contrato, claro, y trabajan “como negros”, como ríe el encargado, y, a pesar de ello, en una jornada de 10 horas con un descanso de 15 minutos, apenas llegan a hacer 50 euros. Son seis personas y viven en un piso de tres habitaciones que les pone el encargado por el cual pagan 100 euros al mes cada uno, esto es, 600 euros que se lleva el encargado por un piso heredado y que, más que un hogar, parece un almacén de trastos, o quizás una sala de tortura de la antigua dictadura, pues con tan solo mirar las humedades de las paredes ya da bastante pena.

Joaquín decide que no va a ir el día siguiente a trabajar, Ana decide intentar de nuevo a ver si puede llegar a una cantidad digna de salario, pero tras cinco horas de cansancio y presión de sus compañeros, decide desistir.

Ana va a hablar con el encargado para comunicar su renuncia, este se jacta; “No pasa nada chiquilla. Este trabajo no es para ti, es un trabajo de negros, ¡déjales a ellos!”. El encargado no se lo toma a mal, ya se lo esperaba pues ya había pasado antes.

Además, el muy desgraciado ríe mientras le cuenta a Ana que le cobra 5 euros al día a cada uno de los chicos senegaleses por traerlos y llevarlos al trabajo. Parece muy satisfecho con su empresa, tanto como un cerdo que se baña en su propia mierda.

Ana calla, no ríe, pero tampoco responde, y su silencio solo abre hueco a la risa del encargado. Ana piensa denunciar, pero no denunciará, porque los chicos senegaleses no tienen papeles, y sabe que si la policía va allí, no solo perjudicará al encargado, sino que seguramente hará que repatrien a los chicos, y Ana no hace eso porque no es una racista de mierda.

Los senegaleses, por supuesto, siguen trabajando, porque les han dicho y repetido que no hay nada mejor para ellos. El encargado sabe cuánto debe de aflojar la correa a sus esclavos y cuando debe dar un tirón para corregir una conducta, las amenazas de que los chicos son ilegales allí y que si viene la policía a él no le pasa nada pues tiene un colega en la Guardia Civil (puro farol), son suficientes para que los senegaleses callen y trabajen.

 

El 2 de Julio de 2018, un Saharawi; Hamsa, de unos 23 años y una sevillana; Clara, de unos 36 años, son llevados en furgoneta a un campo de Arándanos entre invasores eucalípticos en el medio de Galicia. Allí, en el culo del culo de Europa, se les deja como si fueran unas cajas, y se les son entregados unos cestos, unas tarrinas de plástico y unas cajas para meter las tarrinas. La furgo se va, y allí se quedan, recogiendo Arándanos, metiéndolos en los cestos, y de ahí a las tarrinas.

En Galicia llueve y hace frío, pero en Verano sale el Sol y hasta a un Saharaui le molesta currar allí. Tras 8 horas de asqueroso trabajo, cada uno de los jóvenes han llenado unas tres cajas de arándanos. Cada caja pesa alrededor de 5 kilogramos, y cada kilo se les pagará a ellos a 1 euro. Esto es, en 8 horas, han hecho 15 euros…. ¿Has sacado la calculadora ya? Eso es, 1,87 euros aproximadamente, maravilloso levantar la economía de un país, ¿eh?

Además, un enjambre de avispa asiática a coloreado la parda piel del caminante del desierto, y también de la sevillana. Asqueados y con potentes y justificados deseos homicidas hacia el patrón, se montan en la furgoneta y ponen rumbo hacia su casa.

Hamsa acaba de llegar a España y no sabe cómo funciona nada, no sabe si está mal, aunque sabe que no le ha gustado nada este día de trabajo, pero no tiene contrato, ni papeles, y por tanto, no está en posición de exigir nada.

Clara es una chica tranquila, que ha crecido en una familia católica apostólica romana, y ha aprendido que, como la virgen María, ella ha venido al mundo para complacer. Aunque de manera consciente no está de acuerdo con estas ideas y de hecho, por eso ni habla ya con sus progenitores, en el subconsciente ha quedado bien grabado su rol de mujer sometida y, aunque desea con toda su alma pegarle dos gritos a su jefe y abofetearle la cara, Clara, como veremos más tarde, callará.

En la furgo, la mujer del jefe, que es la que les transporta les comenta “Bueno hoy no era un buen día, pero no pasa nada, ya veréis que algunos días hacéis más.” Los trabajadores callan, en los asientos de atrás. Aunque piensan mil palabrotas y actos indeseables, se callan y se quedan quietos, mirando por la ventana, hasta que el coche frena, se bajan y se van.

El 21 de Junio de 2019, dos chicas jóvenes y motivadas, emprenden su camino al Norte pues, cerca del municipio de Jaca, en Huesca, las han contratado en un hotel para pasar los siguientes meses de Verano. En plena temporada alta, el hotel ingresa más dinero en dos meses que el que ingresó mi abuela en toda su puta vida.

El trato no parece tan malo; hartas del duro trabajo en el campo, las chicas han decidido probar por la hostelería. Les ofrecen 1.200 euros al mes, por trabajo a jornada completa, con comidas y hospedaje a manos del amable establecimiento; ¡menudo chollo!

Sus funciones son inciertas, pero rondan de la camarería a limpiar platos, abrir y cerrar el bar – restaurante, ayudar con el almacenaje de productos, servir en barra, sala y terraza, limpiarse las babas del cliente obeso de turno, ser sensuales pero no demasiado, mostrar falsa simpatía por los insoportables hijos e hijas de los huéspedes, etc, y todo ello, poniendo buena cara, claro.

Empiezan a trabajar a las 2 de la tarde y, a las 12 de la noche, al fin, cierran el puto antro. Horas extra suponen, pero nadie les habló de horas extra. Tampoco les hablaron de trabajar el sábado, pero allí están, en turno de mañana, otras siete interminables horas aguantando a comensales insaciables que parecen no para de engordar y que exigen que su plato sea el primero en servirse a la máxima velocidad posible, pues sus fritos cerebros necesitan estimularse para evitar el proceso de putrefacción.

Alguno rompe una silla debido al infinito peso de su enorme culo y las pobres tienen que ayudar a levantar a la vaca burra que patalea en el suelo como una cucaracha, limpiar el plato de espaguetis con albóndigas que ha tirado al suelo, e incluso pasar un trapo por la cara a su esposa, la cual no ha enviado ni la más mínima señal sináptica hacia los músculos de su cuerpo con intención de levantarse a ayudar, simplemente se ha quedado ahí sentada, como un zombie, mirando a la nada, con trozos de albóndiga por la cara.

El jefe encima las espolia y les mete prisa, y de vez en cuando una miradita guarra como buen degenerado Ibérico de pelo en pecho que es.

Acaba el mes y en la nómina no hay ni horas extra, ni horas de sábado, ni boli pa’ firmar.

 

 

 

 

Verano de 2021, finales de Julio. Llego al culo del culo de Europa, Galicia. Con la mente llena de esperanza y promesas de dinero en cascadas a cambio de un trabajo razonable, comienzo mi aventura en la recolecta del Arándano. Aquí, coincido con un chico saharaui muy majo; Hamsa, el cual, gracias a  la simpatía de Cuba (si, Cuba, el comunismo nazi aquel) con la resistencia del pueblo del Sáhara occidental (que por si no saben está siendo invadido Marruecos, se ve que no les quedaban mujeres porque se las han cambiado todas por cabras a Argelia y ahora necesitan conquistar nuevos territorios) ha podido acceder a una buena educación y gracias a la amabilidad de una familia de acogida berciana, lleva unos años viviendo en España, alejado de la invasión militar de su país.

Comenzamos a trabajar, mano a mano, codo con codo, recogiendo arándano por arándano, hora por hora y, cuando han pasado 5 horas, hemos recogido la increíble cantidad de 16 kilos de arándanos, esto son; 16 euros, que a la hora son 3,2 euros.

Encima, el hijo de put… digo el hijo del jefe se acerca y dice que “qué tal”, y claro, uno le responde “pues mal, porque aquí no hay nada” y el muy hijo de la gran pu… digo el hijo del jefe tiene tales cojones que, mientras barre el suelo desherbando el campo con su hipertrofiado escroto responde “Bueno, está bien, lo importante es que queden limpias estas plantas”, a lo que uno responde, algo enfadado “Lo importante para vosotros, claro”.

El hijo del jefe, que no sabe ni dónde tiene la mano derecha, guarda silencio. Coge sus cojonacos, los monta en el remolque de la pick-up, se sube al asiento del conductor y conduce de vuelta a casa.

Acabamos la jornada laboral, entre quejas e insultos. EL jefe viene, dice “bueno, ya a casa a descansar ¿eh?” Nosotros sonreímos incómodos, pero no decimos nada. Nada.

No decimos nada en estas situaciones porque a veces los humanos somos tan estúpidos que preferimos mantenernos en una situación de mierda antes que generar un conflicto incómodo, quizás porque llevamos tantos siglos tragando mierda que ya se nos va grabando en el código genético.

Me callo como se calla una mujer a la que un baboso grasiento le grita guarradas desde un andamio, o como se calla un chico senegalés que escucha decir a un facha “negro de mierda”, o como calla una persona homosexual cuando le empujan e insultan por "ir vestido como un maricón”.

“Yo le diría esto y aquello”, tu no dirías nada, te quedarías callado y tragarías mierda como hace el 90 % de la humanidad en estas situaciones, porque a veces la gente que oprime a otra gente sabe llevar un ingenioso juego de presiones bien medidas entre el acoso o la explotación y la lástima o la supuesta bondad, de manera que apagan y encienden tu agresividad a gusto y medida perfecta para que te calles y no hagas nada.

 

“Nos va fatal este año”, “no vamos a llegar”, “Eres un buen trabajador”, “esto no se puede quedar así, hay que hacerlo bien”…

Piensas, “Coño, si no tienes dinero pa’ pagar un sueldo digno a la gente, no contrates a nadie, te vienes tú con tu hijo y sus testículos hipertrofiados y pasáis una hermosa tarde padre e hijo recogiendo frutas tranquilamente, luego preparáis una paella, encendéis una hoguera, y le cuentas historia de la dictadura aquella en la que se vivía mucho mejor, porque los trabajadores no se podían poner en huelga y a las mujeres les gustaba pasar el día cocinando y ser acosadas.”

Piensas también en la cantidad de favores que te piden y no te pagan “mete las cajas en el coche”, “recoge esto y aquello”, etc. Favores que no devuelven ni siquiera con el detalle de una jarra de agua llena de pesticidas.

Encima te echan la culpa porque el último pedido no ha sido bueno, y el comprador les ha pagado menos. Llegan unos nuevos trabajadores y les tienes que explicar cómo se hace el trabajo, porque los jefes andan por ahí afilando sus látigos y el hijo, el señor Escroto Hipertrofiado no es capaz ni de explicar como echar agua en un vaso sin vaciar un embalse.

Cómo no, tras siete horas de trabajo, ¡error!, la esposa del jefe se da cuenta de que los nuevos están echando los arándanos buenos con los malos, y les corrigen con una reprimenda injusta, pues nadie les había explicado nada, “Estos rumanos son de lo que no hay”, asegura la señora patrona. Si el jefe trae el látigo, la jefa trae la biblia para comentarte tus pecados.

 

Y así pasan los días, de vez en cuando buenos para que tengas una falsa esperanza de que se va a mantener un ritmo aceptable de ganancia, pero al día siguiente vuelves a hacer 30 euros en nueve horas, y al día siguiente haces 50 y te motivas, pero luego pasan tres días y haces 25 euros cada día, y otro día, y otro, y otro…

 

…Hasta aquel día.

Aquel día la soberbia demostró que es su enemiga más efectiva, y que la arrogancia se pone la zancadilla a sí misma. Aquel día cuando, harto de todo, pregunté “¿Cuándo me vais a pagar?” y, ¡oh que maravillosa la respuesta! Mal medida y torpe, desprevenida ella, que el jefe alcanzó a penas a enunciar “El pago quizás se va a retrasar un poco porque…” y ya estaba mi palma a 40 kilómetros por hora cruzando la jeta de hierro del jefe. La agresividad y la violencia al fin habían encontrado su nicho justificado y perfecto.

Hamsa se unió al baile “¿Qué no nos vais a pagar?” dijo el guerrero saharaui. El jefe atónito, con los ojos abiertos “es que estamos regular con los pedidos…” y bastó un silencio entre palabras para que el compañero del desierto tirara una torre de frutas al suelo y empezara a pisotearlas con ira, ante los gritos de horror del patrón.

Aquel mágico día, no solo se realizaron las merecidas transferencias a nuestras cuentas, sino que además los chicos senegaleses consiguieron sus papeles de residencia y denunciaron al encargado de la explotación de naranjas, al cual lo metieron en la cárcel, pues cumplía delitos de uso ilegal de aguas de un parque natural vecino, explotación laboral y también poseía pornografía infantil en su ordenador (por qué no).

Al gerente del hotel lo pillaron unos chavales metiendo burundanga en el vaso de una camarera, así que lo agarraron con pasamontañas y le partieron las piernas y los brazos, quedando el personaje como una estrella de mar; inútil.

Aquella mujer, a la que piropeaba aquel grasiento trozo de carne desperdiciada, incómoda, continúo su camino, pero al ir a girar la esquina escuchó un enorme estruendo metálico y se dio la vuelta, el andamio se desequilibró hasta que se desplomó, haciendo que la hamburguesa humana callera y fuera atravesada por varios de los postes metálicos del andamio, quedando ensartada como si fuera una brocheta de carne de mala calidad. La mujer, alegre, continúo su camino.

El facha empresario que llamó “negro de mierda” al chico del metro, el cual ignoró totalmente aquel comentario, se dio la vuelta y tropezó con un asiento, cayendo de cara directa contra un poste de metal, reventándose la puta cara, deformándose su lujosa nariz operada de por vida.

Por último, el homosexual al que empujaron por la calle por ir “de maricón”, sencillamente volvió a su casa, beso y abrazó a su pareja, hicieron el amor con una pasión envidiable, y yacieron felices en la cama, sin preocuparse por nadie ni por nada más que por su disfrute y su felicidad embriagadora, sin siquiera acordarse de que algún infeliz le había tratado de amargar el día.

Al irnos Hamsa y yo de casa del jefe le dije a mi amigo Hamsa “Vámonos a Francia que se cobra bien y aunque hay algún cabrón, es fácil encontrar un buen trabajo, si quieren levantar este país de mierda, ¡Que trabajen los fachas!”

 

Aquella noche, la luna brilló más de lo normal y las estrellas danzaron contentas…

…pero al día siguiente; el Sol volvió a quemarnos el lomo.

 






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