La luz tintinea en aquel armatoste metálico y hortera que afea todo el horizonte con su pálido y asqueroso neón, con una luz que tintinea insegura como la fe de aquellos que basan su creencia consumista en este brillo disonante y triste.
¿Árbol? ¿Un árbol de navidad? Llamar “árbol” a tal abominación es como insultar a toda la creación, obra del dios que más te guste, con tan solo dos sílabas.
A su alrededor, un naranja radioactivo huye aterrorizado de las farolas y edificios, del cemento moldeado al que llamamos ciudad, como si el mismo inframundo hubiese dejado una grieta abierta para regalar un poco de su ansiedad y su sufrimiento al mundo terrenal y, quizás, humano.
Una noche especial, con una energía especial y una oscuridad implícita que quiere robarle la luz a todas las mentiras artificiales que alumbran la urbe.
La oscuridad golpea, haciendo desvariar, aquí y allá, algunos focos, a lo ancho y profundo del paisaje urbano.
Algún edificio pierde ya su energía mientras los humanos que lo habitan se confunden y buscan fuentes de calor a las que aferrarse para huir del silencio y del espejo de la oscuridad.
Otros salen a las calles, desesperados por encontrar ruido y sobreexcitación luminosa.
La oscuridad sigue avanzando, ganando por una noche, la batalla a aquella “trampa” de Navidad que impide, junto a su ejército fluorescente, el amor a oscuras que la Naturaleza nos trajo.
Coches frenan y estacionan a medida que sus conductores pierden la posibilidad de orientarse bajo la ausencia de luz.
Tras unas horas, los que no han perdido la cabeza al enfrentarse a su ser más profundo y reprimido, se sumergen en un silencio y una oscuridad hasta entonces desconocidas, se rinden, se sientan por las calles, mirando al cielo oscuro, negro y estrellado.
Miran hacia arriba como si jamás hubiesen observado la cúpula que les cubre, más allá del sucio naranja urbano.
La sociedad se rinde ante la oscuridad, en las centrales eléctricas no encuentran solución, la luz sencillamente se ha ido, se ha marchado, no está, así que sus operarios se abandonan en la noche.
Mientras algunos, tercos, tratan de arreglar de algún modo el problema técnico, otros encienden velas y fuegos por la calle, se sientan alrededor de ellos, se acomodan y se relajan mirando las llamas crepitar, una estimulación dinámica que nunca para de variar, sin ofrecer nunca nada nuevo, pero sin aburrir, y siempre dando calor y hogar a las mentes cansadas.
El silencio poco a poco se apodera de las calles, tras discusiones, la luz no está, esa es la conclusión y el hecho tácito, la gente se sienta, algunos charlan tranquila y relajadamente, otros miran a las estrellas y dibujan formas, las niñas y los niños preguntan curiosos sobre la distancia y naturaleza de los puntos dorados del cielo, mantas salen de las casas y arropan los cuerpos, besos toman labios iluminados por el fuego, guitarras en algún lugar vibran alegres...
Normalmente, se relaciona una luz blanca y pura, sumada a un cántico divino, con la Paz y la elevación celestial, pero no, son la oscuridad y el silencio los que permiten que esta noche, a causa de algún extraño fenómeno, el mundo respire y ame la banalidad de existir.
Sin mayor pretensión, sin segundas, sin metáforas ni mensajes implícitos, la oscuridad nos trajo paz aquella noche.

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