lunes, 19 de diciembre de 2022

El Ego en la Ciencia

 De "Sapere Aude: Un nuevo modo de pensar la Ciencia" 


EL EGO EN LA CIENCIA



Hablar de barreras, a menos que nos refiramos a las que protegen un castillo y están hechas de piedra, tienen una altura x, una anchura y, etc, es hablar de un concepto abstracto, por lo que me tomaré la libertad de ejemplificar el concepto de barrera en la ciencia 

El ego nos hace identificarnos con lo que somos, son las pistas que nuestro cerebro usa para no caer en un abismo de falta de identidad, el ego es, desde un punto de vista filosófico, lo que diferencia nuestra materia de la materia que forma un vaso y, desde un punto de vista psicológico, lo que reconocemos como el “yo”.


El ego por tanto es un elemento que debe conseguir un equilibrio en el ser humano, pues así como una falta puede llevarnos a la confusión, un exceso nos lleva a ligar nuestra identidad a las palabras con las que resumimos los conocimientos que reunimos.


Un exceso de ego nos puede llevar a sentirnos emocionalmente  dependientes de nuestros conocimientos y nuestras creencias, en vez de saber cosas y generar conocimientos, lo que sabemos o creemos genera nuestra identidad, fenómeno que, aunque necesario para el aprendizaje conceptual, pues necesitamos sentirnos emocionalmente involucrados para generar un aprendizaje significativo, de la manera que hoy se enfoca, responde más a lo que algunos autores denominan "Antropocentrismo fuerte", formando en nuestra personalidad una red de sentires "viscerales" o esquemas de conducta que nos llevan a perpetuar los patrones tóxicos de la sociedad, sin darnos cuenta de la existencia de tales esquemas y por tanto, sin ponerlos en entredicho, bloqueando así el aprendizaje y su necesaria renovación.

Rara vez en el sistema educativo actual se educa en el desarrollo de un pensamiento crítico, por lo que no llegamos a desarrollar la capacidad de cuestionar nuestros propias “certezas” y a plantearnos la veracidad de los argumentos que recibimos desde un punto de vista “objetivo”, sino que los aceptamos o negamos en base a estructuras pre-aprendidas en etapas de la vida en las que ni éramos conscientes de que las estábamos aprendiendo ni éramos capaces de replantearnos estas enseñanzas, de manera que, al no haber desarrollado esta capacidad en ningún momento, en la adultez continuamos con nuestro método de aprendizaje automático y prejuicioso, o nos basamos en argumentos simplistas y generalistas, slogans que facilitan y aceleran el trabajo de nuestro cerebro, que tiene ya bastante con lidiar con la vida en un sistema que complica el cumplimiento de las necesidades más básicas de los seres vivos. 


Muchas verdades se colectivizan, y pasan a ser parte de la cultura de una sociedad, ganando así fuerza y el increíble poder de la aceptación externa del basto de la sociedad, aunque sea de manera superficial, se integran fuertemente en la mente de los niños, que pasan a ser adultos y las mantienen.


Se crea un imaginario colectivo; por un lado los humanos somos animales sociales, por lo que conseguir una armonía con la comunidad que nos rodea es de gran importancia para nuestro bienestar psicológico, por otro lado, las debilidades cognitivas de nuestra especie son aprovechadas por otros miembros de la misma para crear necesidades y convencer de la compra de ciertos productos a través de las reglas del marketing y la publicidad. 

Estos productos, a veces son medicinas, otras veces son lavavajillas y otras son argumentos o incluso ideologías políticas.


Una vez es vendida una idea de manera que el gran público la compre, esta se extiende y gana el poder de la presión social, colocando a veces como alienado al que, siquiera, la cuestione.


A nivel individual, caemos en este modelo de “aprendizaje mercantil” que se acentúa con los modelos de autoridad impuestos desde nuestros padres (y creo que es bonito decir padres y no progenitores, referenciando a una sociedad totalmente patriarcal y androcéntrica) y las guarderías, momentos en los que ya comenzamos a entender que existe alguien a quien debemos pedir permiso y obedecer, alguien que se coloca sobre nosotros, sentados en nuestros pupitres, existe una fuerza, un poder incuestionable, y si ese poder decide que no podemos ir al servicio, nos mearemos en los pantalones.


Estos factores; presión social, marketing de aprendizajes e imposición de la autoridad, se unen a una “inercia del aprendizaje” que nos hace rodar pendiente abajo cargando la nieve de generaciones anteriores; el “etnorromanticismo” y la falacia del ad antiquitatem (argumento por el que apelamos a que si la tradición se ha repetido es porque está bien) nos hacen perpetuar técnicas y quehaceres sin revisarlos. 


Si contabilizamos las negligencias que aplicamos en todas las ciencias, creo que nos daríamos cuenta de que aún mantenemos un pensamiento más religioso-místico de lo que pensamos en nuestra aparentemente rigurosa sociedad occidental


Un ejemplo de esta “inercia” lo podemos leer en una parte del libro La vida secreta de las plantas:


Al principio del siglo XIX, un norteamericano de origen inglés llamado Nichols roturó

centenares de hectáreas de rica tierra virgen en Carolina del Sur, y cosechó algodón, 

Tabaco y maíz con tal abundancia que el producto le dio para construir una gran ca-

Sa y educar a una familia numerosa. Ni una sola vez en su vida echó nada en el sue-

lo para ayudar a los cultivos. Cuando se depauperó y las cosechas fueron menguan-

do, roturó más extensiones de terreno y siguió explotándolas. Cuando ya no queda-

ba más tierra que desbrozar y cultivar, los ingresos de la familia declinaron…

Hasta que el hijo de Nichols se hizo mayor y, al tender la vista a aquellos terrenos

desolados, siguió el consejo de Horace Greeley y se trasladó al oeste para roturar

en Tenesse cerca de mil hectáreas de tierra virgen, que sembró, como su padre, de 

Algodón, maíz y tabaco. Al hacerse mayor su hijo, le ocurrió lo que a él: ya las tierras

estaban depauperadas y agotadas por haberlas despojado de los elementos vivos,

sin darles nada a cambio, y se trasladó a Horse Creek, en el condado de Marengo, 

Alabama. 

Compró allí otras mil hectáreas de tierra fértil y mantuvo una familia de doce hijos 

Con sus cosechas. El pueblo se llamó Nicholsville. Nichols era el dueño de un aserra-

dero, de una tienda y de un molino. Su hijo llegó a ver la devastación en aquellas fe-

races tierras donde su padre se había hecho rico. Entonces, como él, se trasladó más

hacia el oeste, y se instaló en Parkdale, Arkansas, donde compró cerca de quinientas

hectáreas de buen terreno a la orilla del río.

[...] A los 37 años, Joe Nichols era todo un médico y cirujano de Atlanta, Texas, donde 

fue víctima de un fuerte ataque cardiaco que a punto estuvo de acabar con él. Le

entró tal miedo que abandonó el ejercicio de la medicina durante algunas semanas

para observarse y estudiar su caso. Todo lo que había aprendido en la facultad de

medicina, más el parecer de sus mismos colegas, indicaba que el pronóstico era

sumamente dudoso. No había más remedio para su mal que las píldoras de nitro-

glicerina, que le aliviaban los dolores de pecho, pero le producían jaquecas igual-

mente molestas. Como no tenía otra cosa que hacer, se puso un día a leer una re-

vista agrícola, donde casualmente se encontró con la frase siguiente: “Las personas

que comen alimentos naturales cultivados en suelo fértil no están expuestas a en-

fermedades del corazón”.

“¡Charlatanería de la peor índole!-prorrumpió Nichols, cerrando la revista - ¡Si ni si-

quiera es médico!”

Se acordó Nichols que, el día que experimentó el ataque, había comido al mediodía

jamón, carne asada, guisantes, pan blanco y pastel, lo que le resultó una sana refac-

ción. Él mismo se lo había recetado a centenares de pacientes como dieta. Pero le

cosquilleaba en la cabeza aquella frase de la revista: ¿qué era alimento natural?

¿Qué era suelo fértil?”


Esto es algo de lo que ninguna disciplina se libra; observamos los personajes históricos y a sus hitos como dogmas o doctrinas a seguir, como si un humano de manera individual fuese capaz de decidir cuál es el mejor sistema político para todos (y para las comunidades naturales), o cómo si el conocimiento en un área tuviese un punto final descubierto por una persona.


Dicho de otro modo, buscamos, y encontramos, gurús, jefes de secta a las que nos unimos para poder crear una identidad personal más cerrada pero también que nos permita el ser parte de un endogrupo.

Por ejemplificar, podríamos decir que Sigmund Freud es un hito en la ciencia de la Psicología, pero no por ello debemos caer en la arrogancia de creer que la disciplina propuesta por Freud carece de errores; Freud carecía de conocimientos que hoy tenemos y extienden sus ideas. Del mismo modo podemos seguir a Darwin con su teoría de la evolución basada en la competencia sin incluir en la ecuación conocimientos que hoy en día tenemos como son los de la teoría endosimbiótica (Lynn Margulis) o la Teoría del Apoyo Mutuo (Kropotkin) o tratar de imponer un sistema político Marxista tal como el que Karl Marx diseñó para la Alemania del siglo XIX, sin revisión alguna.



Tomando de ejemplo al personaje del relato anterior, Joe Nichols había seguido, como muchas generaciones anteriores, el modelo pre-establecido de agricultura, y ya en su época (siglo XX), cuando los fertilizantes químicos aparecieron y fueron altamente recomendados y financiados por el gobierno estadounidense, adoptó el sistema socialmente aceptado como eficiente.

Sin embargo, este comportamiento no estaba basado en argumentos sólidos y contrastados, sino más bien en una inercia de seguir la tendencia general y un orgullo del que cree saber sobre algo y se niega a ponerlo en duda.


Este ejemplo de la agricultura es interesante, pues se mantiene hoy día. Aunque se vayan acercando a nuestro vocabulario cotidiano los términos “agricultura ecológica” o “productos orgánicos”, las técnicas de agricultura de gran producción se van transmitiendo como un manual de instrucciones a seguir, sin que nadie, o pocos, rompan la cadena de la inercia del estancamiento intelectual.


El conocimiento no es un fin sino un medio, un vehículo, algo que nunca acaba, que no se alcanza. El conocimiento es interminable y cada cosa que aprendes tan solo abre el espectro del conocimiento hacia una nueva dimensión.


En toda época del humano se ha caído en el error de pensar que lo que se sabía era lo cierto y se ha menospreciado al que ha ido en contra de ello, y ha sido precisamente aquella persona, la que ha demostrado que el conocimiento avanza.


La ciencia debe ser humilde, debe mantenerse en la duda, las teorías y las hipótesis no son equipos de fútbol que debamos defender visceralmente, ni los “grandes cocos” de la ciencia son gurús totipotentes a los que debamos adorar.


Aceptar el “modelo de complejidad”, la probabilidad y no la certeza, modelo que cada vez apoyan más teorías científicas contemporáneas.


El conocimiento está fuera, pero todo conocimiento es una construcción; “todo lo que se ha dicho lo ha dicho un observador” (Maturana, 2009) y, “los procesos son siempre acontecimientos dentro de la esfera de descripción de un observador” (Thompson, 2009).


En un sentido más poético, la conexión intelectual nos permite conectar espiritualmente con el Universo que nos rodea, el que se abre al conocimiento de manera humilde y curiosa experimentará el placer enorme de descubrir constantemente los secretos de la Naturaleza.


Hace apenas 20 años, en 1998, nos planteamos por primera vez que había algo en el Universo que aún hoy es un enigma, y que constituye el 74% de toda la composición del cosmos, la energía oscura. En 2011 se descubre el Bosón de Higgs, partícula elemental que da origen a la masa de los cuerpos.


Estos son ejemplos recientes de descubrimientos que hicieron cambiar nuestra concepción de la Naturaleza, pero hay otros más directos para el ser humano que igualmente pueden servir como argumento para defender la necesidad de humildad en el pensamiento científico y curioso. 


Hace un siglo se consideraba que las personas de piel negra no tenían alma ni humanidad, todo el mundo conoce que un día se creyó que la Tierra era plana (teoría que curiosamente ha vuelto a resurgir) y se castigó severamente al que intentó demostrar lo contrario.


Este egoísmo o este orgullo, que tan de la mano van del miedo, (el miedo a aceptar que estamos equivocados o el miedo a caer en el abismo de la incertidumbre, el miedo al rechazo social o a la mediocridad, el miedo infundado mediáticamente a una supuesta amenaza extranjera, etc) no ha provocado a lo largo de la historia más que lentitud y dolor en el desarrollo de la sociedad humana, desde el castigo hacia el que traía una verdad incómoda que, muchas veces, iba en contra del dogma propuesto por la gran empresa de la religión, o la tortura de los hombres y mujeres que se atrevieron a luchar por la defensa de los derechos naturales de todo ser a la vida y la libertad.


El orgullo es una barrera que te perjudica a ti mismo y en consecuencia perjudica a toda la sociedad, ha hecho sentir culpables y equivocados a grandes mentes que intentaban traer verdad y luz en contra de argumentos sujetados por débiles hilos argumentarios.


Hoy día, el orgullo sigue vigente y poderoso, lo vemos en la televisión en cada programa donde personas se enzarzan en discusiones ruidosas donde nadie escucha a nadie y nadie se entiende, pero se aplaude y se abuchea cuando indican los ritmos televisivos, incluso lo vemos en el Parlamento, cuando los que deberían organizar los recursos públicos pierden el tiempo midiendo su ego a ver “quien lo tiene más grande” y quien suelta el discurso más apto para convertirse en moda en las redes sociales, o buscando un vacío y superficial “zasca” para convertirse en la tendencia en twitter durante unos días.


El pensamiento científico, para mí, no es un método limitado a los campos de la ciencia entendidos formalmente, el pensamiento científico es una manera de confrontar toda disonancia que pueda presentarse, ya sea en el campo de lo emocional, lo político o la física cuántica. Es para mí una aptitud del ser humano que debe ser cultivada para convertirse en un árbol, una aptitud formada por elementos como el cuestionamiento, el pensamiento crítico o la búsqueda introspectiva a la vez que por otros como la curiosidad, la humildad, la calma o la creatividad, tan necesarios todos ellos para un pensamiento claro y saludable.


A veces me gusta bromear diciendo que un científico debería ser antes un monje.


El conocimiento cambia, es dinámico, y la naturaleza es un sistema inimaginablemente complejo de conexiones entrelazadas entre esferas.

Las barreras lingüísticas que nos sirven para simplificar el estudio del medio  no existen en realidad, y todas las ciencias son una.


El que acepte eso, no solo se asegura la diversión del aprendizaje constante, sino que está construyendo una defensa moral y emocional enorme al desvirtuar la emoción del conocimiento y confiar en el aprendizaje que los demás pueden darle.

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